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Aprender a morir

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¡Qué rápida va la vida! Pero ¿seguro que es así? ¿No seremos nosotros los que corremos demasiado? Echamos la culpa a la vida de su acelerado ritmo, pero no he visto correr las manecillas del reloj a distinta velocidad según para qué persona trabaje. Sí he observado a demasiadas personas correr por encima de sus posibilidades... y luego las culpas para otros: el trabajo, el tráfico, el reloj, las «urgencias», los compañeros, las prisas. Nos pasamos la vida entera aprendiendo a vivir, o al menos lo tratamos, y cuando nos toca abandonar este planeta nos damos cuenta de que olvidamos aprender a morir. Vida y muerte, cara y cruz de la existencia. ¿Por qué estudiamos siempre la cara y dejamos la cruz como si nunca nos fuese a tocar? Aprender a morir es tanto o más importante como aprender a vivir. Para vivir tenemos toda una vida, pero la muerte nos examina por sorpresa y nos suele pillar sin haber estudiado... y suspendemos. Dijo Séneca que: «Vivir es morirse día a día y nos e...

Gabriel y el rosal

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El niño pequeño se acercó al rosal del jardín. Su madre estaba trabajando fuera de casa y su padre, que lo acompañaba, andaba un tanto despreocupado leyendo las noticias deportivas en su portátil. Al pequeño se le ocurrió arrancar una rosa para regalársela a su madre, y en cuanto la tomó por el tallo una de sus espinas se clavó sin misericordia en su tierna carne. Dio un salto como si se hubiese transformado en canguro —los sustos nos otorgan superpoderes en ocasiones—, miró su dedo y el espanto del color rojo que encontró le hizo correr en busca de ayuda. Se lanzó como un obús sobre su padre. Este no tardó en descubrir el problema, porque el niño venía gritando: «¡Tengo sangre, papá, tengo sangre!», mientras mostraba en alto su mano. Una gota dibujaba un mínimo rastro al resbalar por su dedo, mientras una decena de ellas, incoloras, caían desde sus ojos vidriosos. El padre usó sus poderes mágicos; envolvió con delicadeza el pequeño pulgar con sus labios, e hizo desaparecer la s...

La piedra en el camino

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La vida consiste en comenzar un camino que discurre por parajes insospechados, desconocidos hasta que los transitamos. Lo único cierto es su comienzo en sí. Puede ser en lo alto de un monte soleado o en el valle más profundo y oscuro; junto al fresco río o en el desierto abrasador; en un bosque lleno de provisiones o en tierras áridas donde el hambre acucia. Nadie decide dónde nace pero todos tenemos un inicio, unos más afortunado que otros. Pero no te dejes confundir por la apariencia pues, por extraño que parezca, no por nacer en el mejor de los lugares se consigue la mayor de las alegrías. ¿Acaso no llora el rico? ¿No conoces a nadie sano y que aún así se queja de todo? Y el que carece de tales cosas ¿no es capaz de encarar con arrojo su existencia y dirigir sus pasos con esperanza? Los recursos, la salud, el dinero, las amistades, al amor, una pareja soñada, un trabajo estable... Son solo lugares diferentes por los que unos pasan sin sacarles provecho, pero que otros exprime...